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 Lectura de un historiados de la Edad Antigua: Plinio el Joven

El primer vulcanólogo, Plinio el Joven

Bahía de Nápoles, Italia, año 79 de nuestra era

La erupción del Vesubio del año 79 de nuestra era tuvo dos testigos de excepción. Plinio el Viejo, naturalista y almirante, que pereció víctima del volcán, y su sobrino Plinio el Joven, superviviente, que nos legó una descripción exhaustiva de la erupción paso a paso.


Durante mucho tiempo se consideró que la descripción de Plinio el Joven era algo fantasiosa, ya que describía un tipo de erupción muy extraño, con acontecimientos geológicos que no se habían observado en ningún otro lugar del mundo. No obstante, las últimas investigaciones realizadas en la zona del golfo de Nápoles, así como la comparación con erupciones en otros lugares, han permitido comprobar que Plinio no solo no mentía, sino que describió a la perfección los pasos de una erupción especial que, actualmente, se denomina pliniana en su honor.


Carta 6.16, de Plinio el Joven a Tácito (adaptado)

pompeya

[Plinio el Viejo, tío del autor] estaba en Misenum, en su destino como comandante de la flota, el 24 de agosto [de 79 d.C.], cuando entre las dos y las tres de la tarde mi madre llamó su atención sobre una nube de inusual tamaño y apariencia. [...].


Subió donde podía tener la mejor vista del fenómeno. La nube se elevaba desde una montaña a una distancia tal que no podíamos reconocerla, pero luego supimos que era el Vesubio. Puedo describir su forma comparándola con la de un pino. La nube ascendía al cielo, con su forma de «tronco» muy largo de la que surgían algunas «ramas». Imagino que se había elevado por una explosión súbita, que después se debilitó, dejando la nube sin soporte, de forma que su propio peso causara su dispersión hacia los lados. Parte de la nube era blanca, en otras partes había manchas oscuras de polvo y ceniza. El aspecto de la nube hizo que un científico como mi tío determinase verla desde mucho más cerca.


Ordenó preparar un barco. Me ofreció la oportunidad de acompañarle, pero prefería estudiar –él mismo me había planteado un ejercicio de escritura–. Al abandonar él la casa, recibió una letra de la esposa de Tascio, Rectina, que estaba aterrorizada por el peligro que se cernía. Su villa se encuentra en la falda del Vesubio, de donde solo se puede salir en barco. Ella le rogaba que fuera a buscarla. Plinio cambió sus planes. La expedición que comenzó por la búsqueda del conocimiento ahora requería del coraje. Botó las cuadrirremes y se embarcó, de forma que pudiera ayudar a más gente que solo a Rectina, ya que aquella bella costa estaba muy poblada. Se dirigió a toda prisa a un lugar de donde otros huían, directamente hacia el peligro. ¿Estaba atemorizado? Parece que no, ya que mantuvo una continua observación de los movimientos y formas de aquella maldita nube, dictando todo lo que veía.


Caía entonces ceniza sobre los barcos, más oscura y densa cuanto más se acercaban. Luego fueron fragmentos de pumita [piedra pómez] y rocas que estaban oscurecidas, quemadas y rotas por el fuego. El mar estaba impracticable, restos rocosos de la montaña bloqueaban la orilla. Se detuvo por un momento preguntándose si debía volver atrás, mientras el timonel gritaba advirtiéndole del peligro. «La fortuna ayuda al valiente», dijo Plinio. «Rumbo a Pomponiano».


En Stabia, al otro lado de la bahía formado por la curva de la costa, Pomponiano había cargado sus barcos incluso antes de que el peligro se acercara, pero aunque era visible y extremadamente cercano, de repente se intensificó. Planeó zarpar tan pronto como cesara el viento en contra. Ese mismo viento llevó a mi tío hacia él, y [Plinio] abrazó al hombre aterrorizado, confortándole y dándole valor. [...]


Mientras tanto, anchas lenguas de fuego se encendían en varias partes del Vesubio; su luz y brillo eran lo más visible en la oscuridad de la noche. Para aliviar los temores de la gente, mi tío explicó que las llamas procedían de las casas de granjeros que habían huido sin apagar los fuegos. Entonces descansó; la gente que pasaba junto a su puerta oía sus ronquidos, bastante resonantes, puesto que era un hombre pesado. El nivel del suelo en el exterior subió tanto con la mezcla de ceniza y piedras que si hubiera pasado más tiempo allí hubiera sido imposible escapar. Discutieron qué hacer, si permanecer a cubierto o salir. Los edificios eran sacudidos por una serie de fuertes temblores, y parecían haberse separado de sus cimientos y estar deslizándose a un lado y otro. Fuera, sin embargo, existía el peligro de las rocas que caían, trozos de pumita inflamados y consumidos por el fuego. Juzgando los peligros escogieron el exterior: en el caso de mi tío fue una decisión racional, los otros escogieron simplemente la alternativa que les daba menos miedo.


Ataron almohadas en sus cabezas como protección contra la lluvia de roca. Era de día en el resto del mundo, pero allí la oscuridad era más negra y espesa que la de cualquier noche. Pero tenían antorchas y otras luces. Decidieron bajar a la orilla, para ver de cerca si podían escapar haciéndose a la mar. Pero el mar era tan peligroso como antes. Descansando a la sombra de una vela bebió una o dos veces del agua fría que había pedido. Entonces se percibió un olor a azufre, anunciando las llamas, y las llamas mismas, haciendo que otros huyeran pero reviviéndole a él. Sujetado por dos pequeños esclavos se mantuvo en pie, e inmediatamente se desplomó. [...] Parecía más dormido que muerto.


   
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